La Divina Dramedia | Poema

Los basureros se alinean
para cantar al cielo
súplicas que piden
una vida más justa;
mientras, las moscas
ahí,
público que les zumba en aplausos.

La opereta sigue,
con el briago,
harto de la idea sobre la idea,
recordando a una familia bonita
que ya no está,
embobado por el aguardiente
y escuchando desde la peste
un canto hermoso.

De aquella mujer entaconada
una lágrima escapa de su morada,
se relame los labios,
no por lujuria ni por ambición,
sino que de un cliente,
el más miserable,
se ha enamorado.

Hay niños por ahí,
por aquí,
recogiendo lo que el desecho
les convida,
imaginando los padres que nunca tuvieron
o de los que fueron marginados,
tarareando esa dulce y triste melodía
sobre los suplicios
de seres pestilentes de fantasía.

Volvemos con los basureros,
unos aluminio,
otros oscuro plástico,
son recogidos por una máquina
estruendosa,
devorados,
triturados,
aplastados.

Los últimos estribillos
se socaban en un
“qué será de mí”
“porque nací así”,
mientras las moscas,
como fanáticos de sus olores,
las acompañan al mismo destino
allá lejos en el destierro,
donde otros congéneres se pudren
entre cadáveres y tesoros olvidados
de una sociedad que vive del oro
y por las noches muere de angustia.

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