Cuerpos silenciosos | Cuento (Fantasía, Surreal, Terror)

Hoy Brando quiso comer el Pan de las Almas.

Para esto, en un día nublado, frío, fue al cementerio del pueblo de sus padres. Nadie corpóreo parecía habitar aquel lugar, pero sí voces, bocas invisibles que cuentan historias y deseos reprimidos. Brando en su imaginación reconoció colores y figuras; alguna de ellas, su madre.

Ya instalado en un hotel, habiendo dormido la noche anterior en el sucio hotel Langostas, dejó sus pertenencias, menos un libro y una radio portátil. Él, anonadado por el sitio lúgubre, no se daba cuenta que sus pasos se escuchaban como ecos que trepanaban a toda psique, lo cual excitaba a esos que no se veían, pero de igual manera existían.
Ya en el cementerio, que atípico se ubicaba al lado del lago Kikakú, su padre lo guiaba a través de la radio, confiriéndole frases que bien nunca escuchó de él, pero que lo hacían avanzar hacia su objetivo. Sin embargo, una alarma interior se había encendido en el interior de Brando; y aun así, persistió en su odisea.

Cuando una brisa acarició a su epidermis, la cortina de aire condensado se abrió para desnudar aquel altar lleno de manjares. Se acercó y miró bien lo que se le ofrecía (mientras su padre se lo narraba por la radio):

—Quesos maduros; vino de uva congelada; langostas; sopa de calamar; y el Pan de las Almas.

El pan de las almas no era como lo había imaginado: en vez de ser magistralmente horneado y de una textura ordinaria, su color oscuro pernoctaba en una costra con motas verdes y blancas; su olor era más ácido que el del queso, su elemento alimenticio parecía tener voz propia, con un coro extraño, que pondría la piel helada a cualquiera.

Pero Brando tenía misión y la va a cumplir.

Tomó a aquel símil de alimento, palpó su costra, apretándola; gemidos de placer y dolor, una comunicación aberrante hizo pensarlo por un momento; y su padre se lo recordó:

—Recuerda: come del pan y volverás con nosotros.

Tragó saliva para aguantar la repulsión. Pérfida valentía, parecía dejarlo sin puesto en su templanza; sin embargo, dos espectros que simulaban consanguineidad, lo miraron atentamente, con sonrisas que invitaban al goce de un boca, sólo un bocado, y nada más.

Brando, exhalando aire congelado, abrió su boca y la acercó al Pan de las Almas. Lo mordió: el oxígeno cambió su estructura y todo se pintó de colores púrpuras y bermejos; masticó: sirenas, minotauros, unicornios decapitados, orgías de hadas que con miembros sanguinolentos; tragó.

Sus padres se desvanecieron, consumándose en el mundo raro que ahora pertenecía Brando. Nada, nada más.

Las voces callaron.

Lo poco de vida cayó en una mudez mortecina.

El lago Kikakú se volvió un acuoso ser inanimado.

Quiso ver sus brazos, pero éstos ya no existían; abrió su boca para hablar y decía lo que no quería expresar; los ojos ya no necesitaban parpadear, ni respirar para subsistir; las emociones fueron una: la ira de la traición.

*

Juan Bautista está esperando que el día se acabara.

De pronto, tocan a su puerta, y él se la piensa antes de abrirla. Nadie lo visitaba, no tenía la urgencia de acudir a algún extraño. Pero la vieja televisión se enciende de la nada; no le causa susto, solamente le sorprende el orden de los sucesos, por lo menos extraordinarios. Se levanta del empolvado sofá, paso a paso pensando en qué decir, si los buenos días o tardes…, no recordaba la hora.

Abre la puerta y: no hay nadie.

Sólo un viejo tape.

Lo toma con cuidado. Se siente extrañado. Entra de nuevo a su departamento, pensando en un ayer que no pasó; y se sentó de nuevo en el sofá. Sin haber introducido el casete en una reproductora, éste se proyectó en la vivaracha tele, ahora con la imagen de un pan oscuro, sobre un altar lleno de platillos a medio comer.

La voz de su abuela, entre susurros, invitándolo a comer el Pan de las Almas.

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