Acrótera | Cuento (Fantasía, Terror)

Vean aquí, la fausta imagen de Apolo:

Obeliscos enormes, en desuso humano, entre claraboyas del descuido, y un vacío mortal. Otrora, cuando el hombre no conocía las pantallas y naciones, acá se encontraban los más febriles encuentros religiosos, con sacerdotes sofistas y las oráculos en orgías zalameras hacia el dios sol; nada más maravilloso el remate orgásmico que a fin era sacrificar minucias para una felicidad aún mayor; así, por siglos, hasta que llegaron los credos cristianos, acusándolo todo de profano, exterminado con lo más bello de lo numenoso.

Ya libres del tiempo pasado, Greta y Anders ubicaron cada pieza en su respectiva historia arquitectónica; acá el portal hacia la iluminación del Febo Apolo; acá la partida de la luz hacia el Olimpo; y por último las acróteras que servían como guardianes a los enemigos que constantemente los acechaban.

Anders estaba maravillado, mientras Greta le parecía todo un símil de sus libros, ya harto estudiado. Ambos deambulaban por el lugar, subsidiado por el gobierno para su conservación. Pirlo, su guía, se había perdido en el pueblo más cercano, quizás entre los brazos de una mujer, u hombre.

Mientras Greta se sumía en un trance del aburrimiento (llevaba días tratando de seducir a Anders, pero el idiota no entendía señales),  el otro parecía no limitarse en su excitación, hasta parecía tocarse cada parte sensible de su cuerpo, para sopesar el calor que no deja de incrementar; en efecto, como globo aerodinámico, sentía flotar, una deliciosa extrañeza que le hacía pensar mundos imposibles.

Ya era tarde, el sol no quería permanecer despierto otra hora, así que Greta le dijo a Anders que se apurara, podrían venir otro día, o en otra ocasión, pero se tenían que apurar porque el camino de veinte minutos sería peligroso andarlo a oscuras.  Él, precipitadamente, puso cara de enojo, tal niño sin paleta. Greta, definitivamente, le perdió el gusto sexual a ese hombre relativamente apuesto.

Bajando los escalones, Anders tuvo irrevocable deseo en tocar una acrótera del templo, especialmente las que tienen forma de león. Greta intentó disuadirlo, diciéndole que no tenía sentido, que mejores cosas podría tocar (…); y, sin embargo, él, sordo a voces perecederas, se dirigió a la acrótera más vituperada por el tiempo, mas todavía con dejos leoninos,  mirándola hasta que la luz volvió: su mano alcanzaba lentamente a aquella figura incrustada, llamándola con un sonido seco y grave, otrora el hechizo de un dios soberbio.

Lo tocó; el calor inmenso, su ropa iluminada (Greta que no entendía lo que estaba pasando), un placer inconmensurable; Anders estaba perdido lejos de toda concepción humana.

 

Cuando Anders volvió a abrir los ojos, él estaba recostado sobre el altar recién hecho a Febo Apolo. Cadenas de bronce lo mantenían sojuzgado sobre la piedra y él parecía poco a poco tomar consciencia de la situación. Varios hombres de barbas descuidadas lo miran, junto a una pequeña compañía de mujeres adornadas, todos mirándolo con rara expectación; ya sabían que él vendría a ellos.

Sin más demoras, comienzan la danza con instrumentos rudimentarios, consagrando el lugar con el ritmo monótono que iba creciendo en notas y velocidad conforme pasa el tiempo; Anders ya le calaba la desesperación, no entendía que lo que veía fuera más real que un sueño.  Llamó a Greta, «Greta, Greta», sin embargo, ella permaneció en  un silencio atemporal.

Los ahí presentes seguían con los suyo. Era horrendo ver como cada uno tomaba formas simétricas, transformándose en vívidos paralelepípedos danzantes, conflagrando una inusual religión geométrica de la cual él no había conocido, hasta en ese día. ¿Drogas?, ¿o caería en un poderoso coma? No entendía lo que estaba pasando, pero ya estaba hasta el límite de la cordura y gritaba por Greta, su madre y otras personas que no tenían tanta importancia en su vida.

Pero ya estaban pronto a terminar.

Cuando, el más viejo de todos, desnudo y con el pene erecto, se acercó a Anders, alzó los brazos y comenzó un coito con una de las oráculos; la luz, una alienada a la mortalidad de los humanos, se estaba generando, mientras el decrépito semen entraba por la vulva de aquella mujer religiosa; él, Anders, volvía a sentir esa sensación de levantarse del suelo, como si un ente extraterrenal lo tomara; cada uno de los componentes parecían estar asombrados; ¡Anders había roto sus cadenas! La lengua de Apolo lo atraía hacia sí, desgarrándolo del mundo mortal, hasta que–

 

Anders, con extremos lastimados, se queda sin aliento al ver a aquel ser enorme, tenebroso, ajeno a lo humano. No puede moverse. Éste lo toma, sonríe, habla un idioma ininteligiblel, y lo come de su carne pedazo a pedazo.

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