El camarú de las respuestas | Cuento (Fantasía, Terror)

Pedro fue al lugar donde Tiago le relató.

Verde, olor a canela, luciérnagas iluminando lo que ya avisa un sol durmiente. Y ahí estaba, alto, alargado, como un hombre flaco con pelo esponjado, un posible guardián del bosque. Así se miraba el enorme camarú.

Los zapatos los dejó al lado de la roca con unas marcas antiguas, unas supuestas runas que las tribus locales incrustaron para dar aviso que se pisa un suelo sagrado; también se desvistió y se quedó sin nada que cubriera su piel. Los nervios se lo comían, pero la esperanza lo jalaba como un hilo fino, ese que a veces lo confunden con el destino. 

Esos pies se miraban alegres al sentir la tierra y pasto que le daban la bienvenida a un hijo pródigo de la naturaleza. Pedro continuó hasta llegar al árbol, que parecía saludarlo; y lo saludó de vuelta. Pedro movía la boca para recordar punto por punto lo que tenía que hacer: quitar un poco de corteza, hasta conectarse con la carne del camarú; cortar un conducto sanguíneo de su cuerpo y luego conectarlo al rojo vivo del camarú; y…

Paso, a paso lo hizo, acompañándose de su puñal.

Dolió mucho, no obstante, tenía que seguir. De esta manera, sin que los nervios lo dejaran, conectó su muñeca al guardián del bosque y éste:

SOPLÓ.

Las ramas se movían, todo tomaba un sentido diferente al ritmo humano que poco a poco dejaba atrás Pedro; aquí y allá estaba todo, animales y otros de su especie dando vueltas en caravanas, vivos, alegres o muriendo; de estos últimos salían bellas flores y árboles majestuoso, tal como el camarú, que de él, oh oprobio del pasado, proviene de un triste rey en decadencia, llorando sangre, luego devorado por las almas de la naturaleza para convertirse en el protector de todo lo que da vida.

 

De vuelta a la consciencia, Pedro poco recordaba de lo acontecido. Dicen lo encontraron desnudo en las lindes del bosque. Pero, algo diferente había en él: siempre al horizonte vería a un hombre alto y delgado, esperándolo.  Los psicólogos que lo atendieron le diagnosticaron esquizofrenia, de lo cual no se salvó de las malas miradas de sus vecinos.

Un día, cuando le supero la zozobra, fue a visitar a Tiago, preguntarle que si por qué lo había timado, ahora convirtiéndose en un paria por sus seres queridos. Llegó a su casa, la cual estaba a oscuras, y se dio cuenta que la puerta se encontraba abierta. Ya dentro, las sensaciones eran extrañas; el olor a roble, a canela, a eso que le daba un frío de miedo. En su oficina, donde él le había contado la leyenda, no había nadie, solamente un papel doblado, esperando a ser descubierto por alguien aparte de Tiago. Lo tomó, lo inspeccionó, y lo que vio le dejó helado:

Era él, Pedro, con los ojos cerrados, lagrimeando gotas carmesí, pero aun así entreabiertos porque de ellos salen robustas ramas; de sus narices raíces; de sus oídos árboles, delgados, altos… Y su cabeza era el planeta exhumando sangre,

Recordó al rey de su alucinación.

Recordó parte de lo sucedido.

El camarú y el rey, ese rey tan familiar… tan…

Cayó en cuenta en que todo este tiempo Tiago había sido un amigo raro, no era mala gente, mas no era como los demás; un bicho raro para algunos, un pez fuera del agua que sabía mucho más de lo esperado, a lo que podría aducirse en lo prolífico que era para leer y escribir. Sin embargo, él era más que eso, mucho más: Tiago era el rey en decadencia, el ahora guardián del bosque.

Sí, esas palabras que por el momento no entendió vuelven como suaves olas de mar que chocan con la fina arena; no, no era el pasado, sino el presente hablándole, el rey guardián, o Tiago, diciéndole “Serás parte de mi ejército siempre creciente, que algún día se levantará en contra del humano para así tomar lo que nos es propio a todos los que respetamos a la creación”.

De pronto tuvo una gran urgencia de irse afuera; y lo hizo.

En la intemperie veía todo viejo y acabado, como si nada fuera lo que estuvo ahí hace unos momentos…; corriendo aquí y allá, encontraba a otros caminando por las calles roídas por el tiempo, o simplemente muertos, sus esqueletos triturados, como si algo los hubiera aplastado o devorado.

Corrió más, hasta llegar a la limítrofe de la reducida ciudad. Ahí sintió hartas ganas de llorar. Lo hizo. Mucho. Hasta que la sangre brotó de sus cuencas; después sus ojos reventaron, fue tan grande el dolor que gritó, chilló; luego vino lo obvio, otras partes que se transmutaron en lo más prístino de la naturaleza, ahogándose en sollozos que añoraban sus tiempos anteriores, cuando tenía un nombre que era Pedro, como la piedra, o su necio anhelo por ser inmortal y no morir del cáncer que tenía, ahora curado para ser parte de las huestes herméticas de un ser antiguo y vengativo.

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